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Historia de un ovni contada por "Catón" Columnista de Reforma


 ARMANDO FUENTES AGUIRRE 'CATÓN' OPINIÓN

Tomado de su columna, El "PRESENTE LO TENGO YO"

Yo no estaba aquí: estaba en Tampico. A pesar de todos los pesares –hablo de la inseguridad- me sigue gustando mucho ir a ese puerto por una razón muy especial: la gula. Debemos aprender a practicar la gula: es el último pecado de la carne que podremos cometer. Y sucede que en mi modestísima opinión, Tampico es una de las cinco ciudades del país donde mejor se come. Las otras son la Ciudad de México, Oaxaca, Mérida y Puebla.

Esto que digo de Tampico lo sabe poca gente -incluso muchos tampiqueños no se han dado cuenta-, pero yo sí lo sé. Comer un filete de negrilla en el Jardín Corona; degustar una sopa de jaiba en la cantina “El Porvenir”, donde se está mejor que enfrente (enfrente está el panteón); paladear unas manitas de cangrejo en “El pollo marino”, son experiencias inefables que hacen olvidar hasta a Trump.

Estaba yo en Tampico, dije, y por eso no supe que esa noche, a la misma hora de mi peroración en el puerto jaibo, un objeto volador no identificado había surcado el ancho cielo del valle de Saltillo. Es mucha descortesía de los extraterrestres esa de hacer sus vuelos sin sujetarlos a un horario como el de las líneas aéreas. En el caso de éstas uno sabe muy bien a qué hora debió haber salido el vuelo que se canceló o se demoró. Con los ovnis, en cambio, nadie sabe cuándo aparecerán, y eso se presta a confusiones. Yo, por ejemplo, de haber sabido que aquella noche un ovni iba a surcar el ancho cielo del valle de Saltillo, habría suspendido mi viaje al puerto jaibo con tal de ver esa astronave cósmica.

Me cuentan que el ovni atravesó la ciudad -por arriba, naturalmente- en dirección de norte a sur, e hizo algunas evoluciones muy bonitas, como para mostrar la pericia del piloto. Luego, tan súbitamente como había aparecido, se perdió por el rumbo de la Sierra de Zapalinamé, digamos sobre el cañón de Los Pericos. También me dicen que numerosos saltillenses vieron el ovni, y que algunos alcanzaron a captarlo con la cámara de su celular.

Quién sabe… Quién sabe... Lejos de mí la temeraria idea de poner en duda el fenómeno de los ovnis. Cuco Sánchez decía que hay cosas imposibles que sin embargo suceden. En cuestión de objetos voladores no identificados profeso un sano agnosticismo: ni niego su existencia ni la afirmo. O estamos solos en el universo o no lo estamos. Y quién sabe cuál de las dos posibilidades deba inquietarnos más.

Pero recuerdo bien que en los años cincuenta del pasado siglo estuvieron de moda los que entonces no se llamaban ovnis todavía, sino con el más familiar y casero nombre de platos –o platillos- voladores. Un señor de aquí dijo haber visto uno en la Sierra de Arteaga, y hasta mostró una fotografía que le había tomado con su Kodak Instamatic. En la foto se apreciaba con toda claridad aquel platívolo pasando sobre las altas cumbres de La Viga. Pero un incrédulo fotógrafo amplificó el negativo que el señor llevó al periódico El Diario, de don Benjamín Cabrera, y ahí se vio que el tal platillo volador era en realidad una copa de automóvil. También se apreciaba en la amplificación el hilo del cual aquel señor colgó aquel accesorio antes de fotografiarlo.

Ahora acabo de ver un programa en la tele en el cual expertos ufólogos –así se llaman- declaran que hay ovnis submarinos provenientes de ciudades encapsuladas que los extraterrestres han construido en los fondos abisales del océano. En adelante tendré mucho cuidado cuando vaya al mar, porque quién sabe… Quién sabe…

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